Es dificil escribir sobre lo que te sucede con esas personas que sabes que te leen.
El anonimato suelta las velas que te empujan hacia la verdad más profunda de lo que sucede con otras, pero para bien o para mal, necesitas guardar aquello que puede ser malinterpretado, aquello que no les gustaría oir y por supuesto todo aquello bueno que prefieres guardar y que en otras circunstancias no tendrías reparo en confesar a esas que conoces.
Y sucedió, que gracias a estas nuevas tecnologías de redes sociales, acabamos poniéndonos en contacto una amistad/amor de la que hacía más de 20 años que no sabía nada. Ella viaja bastante por cuestiones de trabajo y tras varios intentos por coincidir, decidimos vernos en el aeropuerto. La esperé de madrugada sintiéndome ridículo e inseguro mientras veía pasar el control de seguridad a todos los pasajeros que con cara somnolientas recogían sus pertenencias en las bandejas donde depositan sus pertenecías para atravesar el arco de seguridad. Unos y otros con maletas o maletines de trabajo pasaban frente a mí, mientras yo trataba de ocultar mi emisora y tarjeta de identificación que junto con mis ropas delataban mi condición de empleado y así evitar que no pocos de ellos se acercasen para recabar información sobre sus vuelos.
Cuando por fin logramos vernos en la distancia, nos acercamos a cámara lenta, un brazo en alto, mirándonos, cruzándonos con gente anónima, ella arrastrando nerviosa una pequeña maleta, con una ligera sonrisa. Yo comprobando lo bien que estaba madurando, manteniéndose atractiva, con una presencia que la aleja de muchas otras que pasan desapercibidas. Muchos aspectos seguían siendo los mismos que yo recordaba. Una gran melena negra, alta, una mirada profunda y una amplia sonrisa. Hubo otros detalles, como sus pechos que no los recordaba así, pero no quise ni prestarles más atención ni preguntar por ellos.
Tras los besos y saludos iniciales decidimos sentarnos a tomar un café. Hablamos un poco de no demasiadas cosas. Yo que soy persona curiosa, la hice demasiadas preguntas previniéndola antes de este pequeño defecto mío por saber y ella justificándolo como una virtud por tener interés en los demás. Muchas dudas preferí guardármelas; probablemente para siempre. Nunca son pocas las cosas que se nos quedan sin saber.
Para la ocasión traje once cartas suyas que guardaba de nuestros tiempos. He de decir que yo estudié en un colegio interno y a falta de móviles, chats e internet en general, se estilaba mucho cartearnos durante la semana para llevarla más duradera mientras llegaba el finde. Quizás de ahí venga la afición de estar ahora aquí escribiendo y por ese mundo que es la blogsfera. Guardo cientos de cartas y algún telegrama de aquellos tiempos y en el último momento me acordé y pude rebuscarlas. Se las entregué a modo de préstamo con la intención de que al tener que devolvérmelas se crease al menos una ocasión más para vernos.
Estoy aprendiendo poco a poco, que todo encuentro de este tipo es siempre breve, que algún ente diabólico adelanta las agujas del reloj en estas ocasiones, que la charla es muy amena y siempre corta y muy placentera la compañía. Que el cajón de las amistades es demasiado grande por fortuna, para decir un día que ya está lleno y no cabe ni una más. Que mi piel se sazona con el gusanillo que es la novedad de la ocasión, lo poco habitual, la muerte de la rutina, una pizca de morbo, la complicidad de la otra persona, el querer llenar el saco del conocimiento sobre el otro. La duda de si nos volveremos a ver. La interrogación de cuál será la impresión causada.
-Déjame pagar a mí.
-No, no quiero ser machista ni alardear de caballeroso, pero estás en mi terreno. Siempre que pases por el aeropuerto seré yo el que te invite.
-Bueno pues recuerda que fuera de él, me tocará a mí.
-En principio me parece un trato justo. Recuerda que las cartas son solo un préstamo temporal por un tiempo indefinido hasta que volvamos a vernos, pero que yo soy su dueño. Solo te las entrego para que te rías con ellas durante tu vuelo, para que recuerdes como yo he hecho lo que un día nos unía y que también fuimos adolescentes enamorados y espero que te haga ilusión.
-Lo siento, me quedaría más charlando contigo, pero empieza aproximarse la hora de mi vuelo.
-Lo sé, no quería decírtelo pero ya me había dado cuenta.
Nos despedimos de forma algo apresurada y nerviosa. La ocasión habría merecido que yo corriera tras su avión por toda la pista de Barajas mientras ella asomada a una mínima ventana agitara su mano despidiéndose, la habría chillado que la deseaba lo mejor en esta vida, que me hubiese gustado saber más de ella, entrar en conversaciones más personales y no perder el ritmo de lo que la sucediera; pero así de fríos son los aeropuertos y estos tiempos modernos en los que nos ha tocado vivir.
Hoy he recibido un mensaje suyo por el facebook, dándome las gracias por las cartas. Que no había podido dormir como esperaba hacer, porque se había estado riendo con ellas mientras las leía. Encontró faltas de pipiola, historias de adolescentes ya dormidas, expresiones que hoy ya no usa, ingenuidad, nombres de amigos que no recordaba y un amor que al final no fue. Que le gustó verse 23 años más joven. Que le había gustado que nos viésemos aunque solo por fuera por saber el uno del otro.
Yo por mi parte la sensación más aguda que sentí, fue que creo que perdí para siempre esas once cartas de juventud.
Retorno a una de mis rutinas, que son preciados tesoros de nuestro equilibrio diario emocional.
Desde hace unos meses, no muchos, he logrado contactar con viejas amistades de mi promoción de estudiante de hace 22 años, gracias a esa gran ventana indiscreta que es el facebook. Algunas de ellas estaban perdidas en mi memoria y no las recordaba, al igual que recíprocamente algunas aun no han logrado acordarse de quien soy, y esto me provoca una primera reflexión: ¿Tan poca huella dejé en esas personas que curiosamente si dejaron huella en mi, o es el paso de los años que todo lo borra?
A muchas de ellas les perdí la pista durante el mismo viaje fin de estudios que realizamos. De otras tan solo había oído rumores sobre su trayectoria que me han sido confirmados y finalmente también están aquellas con las que he mantenido algo de contacto.
No dejo de asombrarme de las dispares formas con las que nos trata el tiempo y lo diferentes que han corrido los caminos que un día empezamos juntos. Algunas de ellas han vivido y recorrido medio mundo; han residido en países muy diferentes para finalmente retornar al insufrible Madrid. Alguna ha cooperado y dirigido una ONG al otro extremo del planeta. Otras tienen algún puesto de nombre rimbombante en pequeñas empresas y hay quienes trabajan en algo que no tiene absolutamente nada que ver con lo que un día estudiaron.
Entre ellos y ellas hay unos cuant@s que están separados o divorciados; alguna que tomó la decisión tras tener 5 hijos uno tras otro y tambien hay quien está recién casada. He encontrado un viejo amor que en su día me cautivo con sus cantos de sirena, que está tambien recientemente separada y que quisiera equivocarme al adivinar que fue lo que paso en su relación.
Vidas tan distintas pero con algo en común: convivimos en un internado durante cinco años.
Estamos intentando reagruparnos y quedar un día para vernos y comer juntos, así veremos como hemos envejecido cada uno, que no necesariamente cambiado. No sé si será buena idea, por que he observado que las relaciones que un día son íntimamente estrechas, con tiempo de por medio se enfrían y causa desilusión ver que las cosas no son como las guardamos en nuestro recuerdo, que las sensaciones que que sentimos al estar juntos difieren mucho de lo que eran, y es aquí donde me viene a la memoria la canción de Sabina cuando decía algo así como que “…al lugar donde un día fuiste feliz, no deberías tratar de volver.” Quizás mejor dejarlo en esa relación que ahora tenemos, guardar los recuerdos como están y seguir mirando hacia delante
Saludos para tod@s aquell@s que un día decidieron pasar por aquí y todo seguía igual.